martes, 12 de octubre de 2010

Zambia (I)

De Zambia (I)


Domingo 23 de agosto de 2.009, 19:35 hrs. El avión por fin despega y al mirar a Marina, noto en su mirada la complicidad que dice “¡¡¡Lo hemos conseguido!!! ¡¡¡Hemos salido del país…!!!”.


Poco después me recostaba en el asiento del avión y comenzaba a disfrutar ese instante en el que al dejar atrás los momentos de tensión, de peligro y las sensaciones de miedo, estos comienzan a tomar forma de aventura, llegando a su punto álgido en el aeropuerto de Londres, cuando recibimos un sms del Cónsul Honorifico en Zambia que decía:


- Me preguntan porqué han abandonado el país cuando hay una orden de arresto contra ustedes.


Cuando Marina y Carlos vinieron a recogerme, comenzó el lógico alboroto de todos nuestros encuentros. Empieza un debate en la calle sobre el soporte para la bici de Marina en su coche, sobre los dos súper maletones que quería llevar Marina, sobre las mini mochilitas que pretendía llevar yo y todo esto con la gente mirando el jaleo que estábamos montando antes de subir el equipaje al coche.



Después de repetir el mismo alboroto en el parking del aeropuerto y acordar el equipaje final que llevaríamos, nos despedimos de Carlos y Yolanda, quien le preguntó como adelantándose a los acontecimientos:



- Carlos, ¿cómo les hemos dejado ir solos?



Después de varias horas de vuelo y transbordos en Londres y Johannesburgo, aterrizamos en Lusaka. Llegamos por la noche y para variar, nos perdieron la tienda de campaña y el mochilón de Marina, por lo que buscamos alojamiento en el Chachachá backpackers, con la intención de alquilar un coche al día siguiente y si era posible, recuperar en el aeropuerto nuestro equipaje extraviado.



No habíamos caído que al día siguiente era Sábado, y que allí cierran a las dos, por lo que no dispondríamos de toda la jornada para nuestra búsqueda de coche, de esto nos dimos cuenta a las doce. Por este motivo tuvimos que darnos prisa y alquilamos en una agencia local, Bimm Travel Agency, un Toyota Pajero que a primera vista, parecía que nos podía dar el servicio que de él esperábamos.



Nos cobraron el importe del alquiler por adelantado y además de eso, nos cobraron también 1000 $ en concepto adelanto por kilometraje. En fin, lo pagamos y en cuanto nos lo dieron salimos como alma que lleva el diablo al aeropuerto para recoger nuestro equipaje con la intención de llegar a Livingstone a tiempo para poder ver el arco iris lunar en las Cataratas Victoria ya que era nuestra última oportunidad, el ultimo día en el que abren el parque por la noche para admirar este precioso fenómeno.



Sabíamos que era complicado, salimos del aeropuerto sobre las 9 de la noche y mas o menos sobre las diez dejamos atrás Lusaka, solo 381 Kms Nos separaban de nuestro objetivo. Las carreteras estaban en buen estado, y a una media de unos 100 kms / hr. Parecía que podríamos llegar a tiempo, pero a unos 150 Kms de Livingstone nos encontramos la carretera en obras y nos desviaron por un camino en el que tuvimos que reducir nuestra marcha a una media de unos 20-30 Kms / Hr Lo que motivó que nos fuera imposible llegar a tiempo.



Nuestro gozo en un pozo, cuando quisimos llegar a Livingstone eran las 5 de la mañana así que nos lo perdimos.



En Livingstone llegamos al Livingstone backpackers a las 5 de la mañana, por lo que nos dejaron dar una cabezada en unos sofás hasta que llegara el recepcionista y nos pudiera dar un par de camas en una habitación compartida.



Por la mañana conocimos a Alfredo y le animamos a venir con nosotros a visitar las Cataratas. Cuando llegamos comenzamos a sacar fotos como descosidos, pero no nos costó mucho darnos cuenta, que por mucho que lo intentáramos, sería imposible reflejar en una fotografía la fuerza que nos transmitía el imponente paisaje que teníamos ante nosotros.


Podíamos ver como literalmente la tierra se abría ante nosotros y como una impresionante masa de agua se vertía en una grieta que se perdía en el horizonte. Caía con tanta fuerza que se vaporizaba en la caída y una densa humedad cubría el borde de la catarata. Mientras la caída del agua te hipnotizaba, un sonido atronador e incesante presidia el espectáculo, no en vano las Cataratas Victoria, en lengua Kokolo reciben el nombre de Mosi-Oa-Tunya (El humo que ruge).

De Zambia (I)



Pasamos allí todo el día y podría haber pasado varios más sobrecogido por uno de los espectáculos de la tierra más impresionantes que he visto nunca, Livingstone escribió en su diario: “Imágenes tan bellas como esta, deben hacer que los ángeles miren desde lo alto”.



Exploramos las cuatro rutas principales, la habitual, recorriendo el borde sin agua de la gigantesca grieta, otro camino atestado de Babuinos que ofrecía unas fascinantes vistas panorámicas, Pedro y Marina bajaron por un camino que anunciaba “600 mts de desnivel” al fondo de la catarata y después nos embarcamos en nuestra primera gran aventura de este viaje, cruzar el rio Zambeze en dirección a la piscina del diablo.




Primero observamos como unos guías locales pasaban a la gente por un estrechísimo camino por encima del rio, envalentonados decidimos que nosotros no necesitábamos guía, por lo que Pedro y yo hicimos de avanzadilla y llegamos a la otra orilla viendo que el camino era practicable. Volví a por Marina y, cuando nos disponíamos a cruzar de nuevo, un guarda armado del parque me dio el alto. En un alarde de complicidad Marina aprovecho para cruzar, mientras yo le distraía con mi charla.





Ahora me tocaba cruzar a mí, pero el guarda no me dejaba, me decía que había cocodrilos y que era peligroso. Comencé a contarle que ahí no había cocodrilos, que no pensaba pagar a guías locales que no estaban homologados por el parque, que estaba siendo objeto de discriminación y veinte mil cosas más que se me iban ocurriendo en mi precario inglés. Veinte minutos y un guarda aburrido después, fueron suficientes para que me dijera un “anda pasa” que venía a significar “no me hables mas por favor”, así que volví a cruzar el rio.


Pensaba que había sido fácil, pero lo complicado llegaba ahora, continuamos cruzando el rio durante unos dos kilómetros más, en ocasiones cubriendo por los tobillos y otras por el pecho con fuertes corrientes que amenazaban con arrastrarte hacia la catarata con la simpática caída al vacío que esa situación podría proporcionar.



A mitad de camino sucedió un hecho inexplicable, los tobillos de Marina, no sabemos si debido al calor, a la humedad del rio o a algún extraño fenómeno propio de esas latitudes, comenzaron a convertirse en mantequilla y comenzó a caerse. Yo la sujetaba del brazo sorprendido de ver cómo, quien es capaz de ir saltando por aristas a 3.000 mts de altura, parecía incapaz de dar un paso tras otro en un rio.


- Es que la montaña si se me da bien – me decía ella.


Y era cierto que se le notaba con un andar inseguro en el rio. Pero Marina, una mujer resuelta como pocas, no tardó en encontrar una solución al problema. Se agenció lo que ella denominaba “un palo” sobre el que apoyarse y así ir más segura. UN PALO????????????????? Os juro, que yo por más que lo miraba era incapaz de ver un palo en lo que yo definiría sin ninguna duda como….. “Una ramita”.



Siento decirlo, pero yo tenía razón, y así se demostró cuando al tener un traspié, Marina se apoyó en su “Palo-Ramita” y este se partió como la ramita que era. Sujeté con fuerza a Marina del brazo. El objetivo no solo era que Marina no cayera al rio, sino su mochila, que portaba todo su equipo fotográfico incluido el supe objetivo de Carlos.


Cuando conseguía ponerla en pie, Marina se volvía a desmoronar de nuevo como si tuviera pies de barro, y yo gritaba:


- Pero Marina por Dios!!!!! Te quieres poner de pie? Porqué estás tan patosa????


A Marina le entró la risa, risa que sumada a sus pies de barro hacían completamente imposible que se mantuviera en pie, y claro, a mí también me dio, así que tampoco podía sostenerla, por lo que los dos gritábamos, los dos reíamos y los dos nos caíamos, bueno, caer caer nos caíamos los tres, Marina, la mochila con el equipo fotográfico y yo.


Después de comprobar la resistencia del equipo de Marina y del súper objetivo de Carlos al agua, decidimos que por el bien del objetivo de Carlos, Marina nos esperaría en un banco de arena que teníamos al lado.

De Zambia (I)
Alfredo y yo continuamos hasta llegar a la piscina del diablo, un remanso de agua justo al lado del borde de la catarata donde podías bañarte y sacar la mano dejándola en el vacio viendo como el agua caía hasta el fondo.




Después de unos chapuzones, volvimos a recoger a Marina cruzando de nuevo el rio Zambeze. Sí, he dicho: “Cruzando de nuevo el rio Zambeze”. Y es que cuando estás allí, tienes que parar un momento, parar, recapacitar y ser consciente de donde estás y lo que estás haciendo, y cuando caes en la cuenta de que te encuentras en el corazón de África, en uno de sus ríos más emblemáticos, empujado por la corriente y a pocos metros de una de las cataratas más imponentes del mundo, sientes como ese instante es único, como el espíritu de la aventura te invade y eres consciente de que es uno de los momentos de tu vida que jamás olvidarás.




Al día siguiente visitamos en nuestro todo terreno el pequeño parque nacional de MOSI-OA-TUNYA, donde vimos algunas jirafas, cebras y gacelas. Este parque no resultó, al menos al principio, especialmente bonito, pero sí fue una primera toma de contacto de cómo serían nuestros safaris, ya que al ir solos, decidíamos porqué caminos meternos y nos bajábamos del coche con total libertad para explorarlo a nuestro antojo.


Cuando veíamos animales parábamos el coche y bajábamos buscando sentirnos lo más cerca posible de ellos. Vimos un varano enorme e intentamos acercarnos a él, salió corriendo, dejándonos tremendamente impresionados como sentimos bajo nuestros pies los fuertes pisotones que daba en su carrera evasiva.

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Por el resto, continuamos el día visitando el pequeño parque que no nos habría maravillado especialmente sino no fuera porque cuando ya íbamos volver a nuestro Backpackers nos cruzamos con un guía local que nos dijo saber donde había un rinoceronte. Fuimos en el coche tras él hasta que nos encontramos con el otro guía que le había alertado. Dejamos el coche y seguimos a pie al guía cuando, ante nuestro asombro, habíamos llegado andando a pocos metros de un imponente rinoceronte que descansaba plácidamente. Poco a poco y buscando la foto más cercana, conseguimos acercarnos a casi 4 o 5 metros del animal. Aun hoy pienso que habría pasado si le da por levantarse y correr hacia nosotros.



A pesar de siempre haber deseado acercarme todo lo posible a los animales salvajes, jamás hubiera podido imaginar que llegaría a estar tan cerca de un rinoceronte en plena libertad.

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Nuestro siguiente destino era el norte de Kafue y si bien podríamos haber hecho el camino más rápido por buenas carreteras por la ruta de Lusaka, decidimos cruzar el parque desde el sur, así aprovechábamos y pasábamos el mayor tiempo posible en plena naturaleza, inconscientes de que ese sería el comienzo de una gran aventura.

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