domingo, 19 de junio de 2011

Expedición a Marruecos: Ascensión al Ras, 4.084 Mts.



Comenzamos la ascensión al refugio. Sin hablarlo previamente y mientras caminábamos, acabamos haciendo dos grupos, Marina y yo comenzamos el ascenso muy muy despacio. Yo tenía claro que quería subir así, por un lado, es la mejor manera de calentar los músculos y por otro, subir poco a poco ayuda mucho para mitigar el mal de altura.



Pasito a pasito íbamos ganando terreno, “nuestro paseo”, hacía que prácticamente no nos hiciera falta parar a realizar descansos, y así, podíamos ir deleitándonos con los impresionantes paisajes que la cordillera del Atlas iba regalándonos a nuestro paso.



Unas horas después conseguíamos llegar al refugio. Nos instalamos eligiendo las literas donde pasaríamos nuestra noche, y dedicamos el tiempo que nos sobraba a pasear alrededor del refugio, explorarlo y cenar (los que podían), discutiendo si les gustaba lo que habían comprado en Marrakech, o era mejor la comida con la que Rafa cargaba desde España.

Al día siguiente llegaba por fin el momento de preparar el ataque a la cima del Ras. Cuando nos levantamos salimos a contemplar el precioso amanecer que nos anunciaba un maravilloso día de montaña.





A pesar de no haber comido casi nada en dos días me encontraba bien, por lo menos, la altura todavía no me había afectado, ya que todo el mundo tenía, o un ligero dolor de cabeza, o al menos algunas molestias, pero como soy muy afortunado en ese sentido (en cómo me afecta la altura), tuve la suerte de no sentir nada de momento.

El camino era completamente desalentador, una enorme subida completamente nevada se mostraba ante nosotros para acabar en el collado Tizi-Ougane, donde habría que girar a la derecha para poder continuar.
Comenzamos a andar exactamente igual que el día anterior, pasito a pasito, ganando terreno lentamente sobre la nieve. Cada vez que llegábamos a alguna loma, la siguiente era aún más empinada, pero ahí seguíamos, entre risas y pasitos dirigiéndonos a nuestro objetivo.

Cuando por fin llegamos al primer collado (3.750 Mts.), nos tomamos un respiro y comimos algunas barritas para coger fuerzas y encarar la parte más dura de la ascensión.


Continuamos por la cresta, pasando por una trepadera y algunas zonas bastante expuestas a unas simpáticas caídas, para acabar ascendiendo por un tubo de unos 50 metros, que nos llevaría a la última loma antes de encarar la cima.

La subida y la altura, cada vez nos pasaban más factura, y a cada paso que dábamos sentíamos más la falta de oxígeno y de energía. En cualquier caso, superamos sin dificultad el camino hasta pasamos el tubo. A partir de ese momento fue cuando comenzó a hacerse más duro. La nieve estaba blanda, por lo que cada vez costaba más avanzar y la altura (ahora sí), comenzaba a minarnos. Andábamos cinco pasos, respirábamos y andábamos otros cinco pasos, de manera que aunque fuéramos despacio, no dejábamos de avanzar.

Marina, Sergio y yo habíamos hecho grupo, por lo que nos íbamos ayudando y animando. Yo me había adelantado ligeramente, siempre a una distancia donde pudiera comprobar que Marina (a la que más le estaba costando) se encontraba bien y continuaba. Me tranquilizaba que Sergio fuera con ella.


Sin embargo, la debilidad de los días sin comer se apoderaba de mí, hasta el punto que a apenas 150 Mts. De la cima, tuve que sentarme a descansar incapaz de dar un solo paso más.

Me encontraba exhausto y me quité los guantes para poder comer una barrita energética, el viento me arrebató uno de ellos, depositándolo a apenas un metro de mí. Cuando hice el intento de alargar el brazo para cogerlo, me sentí completamente incapaz, hasta el punto de desistir, corriendo el riesgo de que el viento se lo acabara llevando definitivamente. Me sentía completamente derrotado.

Bebí algo de agua para hidratarme y comí un par de barritas para conseguir algo de energía, pero la realidad, solo me dedicaba a luchar contra mi mente, que no hacía más que decirme que en esas condiciones y por cerca que estuviera, no conseguiría alcanzar la cima. Yo peleaba y peleaba, no podía abandonar estando tan cerca y unos minutos después, algo que no esperaba me sorprendió de una manera impresionante.

El agua y las barritas, habían hecho su efecto. No es que me sintiera el más fuerte del mundo, pero mi cuerpo comenzaba a reaccionar, alcancé mi guante, cosa que unos minutos atrás me parecía una gesta faraónica, por fin me puse en pie, y encaré esos pocos metros que me separaban de mi objetivo.

Sergio continuaba con Marina, le ofrecía unos botecitos pequeños de mermelada energética. Ahí aprendí lo prácticos que son, ya que a esa altura y con ese cansancio cuesta hasta masticar.

Mientras yo me recuperaba, ellos me habían adelantado, así que consiguieron hacer cima unos cinco o diez minutos antes que yo, pero al final, pudimos reunirnos todos allí y celebrar nuestro triunfo.




Es evidente que hacer cima y superar los esfuerzos necesarios para conseguirlo, depende no solo de lo que sea capaz de hacer tu cuerpo, sino de lo que tu mente sea capaz de luchar. Si, es algo psicológico, ya que al estar allí arriba, todo el cansancio desaparece y se convierte en la alegría de disfrutar el logro conseguido.

Carlos, Rafa, Salva y Víctor, emprendieron rápidamente camino para aprovechar y alcanzar la cima del Timesguida, pero Marina, Sergio y yo, decidimos quedarnos en el Ras para disfrutar todo lo posible ese momento.

No pudo ser mucho, ya que el tiempo empeoraba muy rápidamente y unos nubarrones negros amenazaban con fastidiarnos el día, así que poco después comenzamos el descenso para evitar acabar encontrándonos en una situación peligrosa.




Bajamos con cuidado por el tubo, y no tardamos mucho en volver a alcanzar el collado de Tizi-Ougane, a partir de ahí el descenso se aceleró. Ya no andábamos, sino que nos dejábamos caer por la ladera frenándonos con los piolets cuando la velocidad se pasaba de la raya. El descenso se convirtió en algo festivo, entre carreras, deslizamientos y algún que otro guantazo por hacer el cabra.

Cuando llegamos al refugio y viendo que aún era pronto, yo apostaba por que aprovecháramos el día y continuáramos la bajada hasta Imlil, pensando que allí podríamos descansar mejor que en el refugio y podríamos ganar un día para el resto del viaje, pero al final, se impuso la idea de quedarnos, bueno, eso fue hasta que Marina y Rafa juntaron dos cables que acabaron dando un chispazo tal, que hizo que mientras yo me encontraba deshaciendo mi mochila y preparándome para pasar allí la noche, Marina me dijera:

             - Escarpiiiiiin, vámonos!!! - así que rápidamente prepararé mis cosas y emprendimos camino.

Antes decía que la mente podía hacerte llegar a cualquier sitio, hay otro factor más, la mala leche.

Marina había llegado al refugio completamente derrotada, hasta casi mareada, pero la mala leche que le había entrado con el chispazo, hizo que cogiera un ritmo hacia Imlil que me costaba seguir.

Se nos acabó haciendo de noche, por lo que la última hora y media tuvimos que recorrerla en la oscuridad, pero por fin llegamos a Imlil, aunque no sabíamos muy bien dónde dirigirnos, ya que no conocíamos el pueblo.

Comenzamos a recorrerlo con la esperanza de encontrar, al menos una pensión donde pasar la noche, pero de repente encontramos nuestro propio oasis. Un precioso Riad apareció ante nosotros.

Parecía que habíamos llegado a un sitio sacado del cuento de las mil y una noches. Los pasillos y recibidores eran preciosos, la habitación tenía una cama donde para poder hablar entre marina y yo, casi teníamos que gritarnos, por fin una ducha calentita, y el comedor…. El comedor solo podía describirse como suntuoso.



Después de ducharnos y cenar unas brochetas de pollo, tortilla y ensalada (era lo único que no picaba), por fin llegó el merecido descanso.



Por la mañana descubrimos que podíamos desayunar como reyes en la preciosa azotea que tenía, y que además nos dejaba ver el camino por donde nuestros compañeros debían llegar.




 
Cuando nos encontramos y después de enseñarles el lugar donde nos habíamos sentido como sultanes y acompañarles en su desayuno, nos dirigimos al coche, donde pudimos comprobar que la influencia de ese simpático abuelillo con gafas gruesas, había hecho que nuestro coche estuviera intacto, por lo que cargamos todo nuestro equipaje y tomamos rumbo a nuestra nueva aventura, el desierto del Sahara.


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